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Ayúdenme, tengo miedo de morir

Ayúdenme, tengo miedo de morir

VENTANAS ROTAS

 

Por Víctor Manuel Vallejo Cruz

 

Este sábado se dio a conocer a través del portal en internet del periódico El Universal, el audio de las últimas palabras de las colombianas Tatiana García Guzmán y Dayana Sánchez, quienes el pasado lunes 26 de febrero sufrieran un terrible choque en la Autopista del Sol a bordo de un Ferrari donde el conductor del mismo, de forma misteriosa desapareció de la escena del delito, y ya posteriormente fue ubicado por las autoridades en un hospital del que por cierto aún están a la espera de ser entrevistado por el Ministerio Público.

 

Ambas jóvenes, de 25 y 22 años respectivamente, extraordinariamente guapas según se desprende de las fotos recabadas en sus respectivos muros de Facebook, de nacionalidad colombiana, perdieron la vida como consecuencia del incendio que se registró con el impacto que sufrieron seguramente excediendo los límites de velocidad permitidos. Sus últimas palabras, aun cuando conservaban alguna esperanza de vida, fueron recibidas por los socorristas que acudieron a prestarles auxilio y ofrecerles consuelo de que pronto estarían bien, de que pronto llegaría la ambulancia que las trasladaría para ser atendidas en algún hospital del puerto de Acapulco. Lo cierto es que ahora ambas están muertas.

 

Sus muertes se suman a otras pavorosas historias de incidentes de tránsito que han dejado escenas del delito similares a las que nos encontramos día con día, en el territorio nacional, con cuerpos desmembrados producto de la guerra fratricida que llevan a cabo los cárteles de las drogas en su disputa por las plazas – así les llaman a nuestras ciudades – para la venta de los narcóticos que envenenan a nuestra juventud, por supuesto, alimentada por la voraz e insaciable sed de drogas del creciente número de consumidores de los Estados Unidos.

 

En efecto, la combinación letal de alcohol y velocidad al conducir sin la menor precaución por los límites de velocidad que nos imponen las autoridades de Tránsito, han dejado un reguero de víctimas y de familias enlutadas, quizá en algunos casos, en incidentes de tráfico que nunca debieron de haber ocurrido pero que cada vez son más frecuentes que sean jóvenes los que mueren. Juzgue usted amable lector, que pensaran el día de hoy los padres del joven de 12 años que, alcoholizado, la tarde del domingo 18 de febrero de este año mató a 5 personas todas ellas menores de edad mientras conducía a más de 100 Km/h por las calles de la Delegación de Tláhuac en la CDMX, dejando esparcidos por metros los pedazos de cuerpos a los que difícilmente se les puede sostener la mirada ante la brutalidad de las imágenes.

 

¿Qué hace un niño de 12 años conduciendo un auto? ¿Quién se lo proporcionó? ¿Sus padres sabían que tomaba? ¿Qué les dirá como consuelo a los padres de familia de 5 niños o adolescentes que murieron de forma por demás brutal?

 

Ni duda cabe, seguiremos viendo más escenas trágicas como estas, donde jóvenes mueren por conducir alcoholizados, muchos de ellos, con la complaciente mirada de padres de familia que, al no saber educar a sus hijos, justifican sus actos como si fueran travesuras, porque no les han sabido imponer límites que conduzcan sus vidas por un mejor sendero, al menos no tan dañino para la sociedad, para sus vecinos, para sus familiares. En cuantos de los hogares mexicanos los hijos manipulan a los padres. Hoy, los hijos son intocables donde la anterior generación ni por asomo lo era, ya no digamos las anteriores, donde la educación en el hogar era literalmente marcial. Padres de familia que sin la menor molestia, prefieren que los maestros eduquen a sus hijos, pero siempre y cuando no les griten, o no les impongan la disciplina como una forma de conducirse, porque de inmediato responden ya que sus hijos son intocables.

 

Seguiré insistiendo en que la educación de nuestros hijos se da en nuestros hogares, alrededor del núcleo familiar. Si un hijo saluda a sus padres al amanecer, o a sus vecinos al salir de su casa, es por la educación que recibió en su hogar y por parte de sus padres. No son los maestros los responsables de la educación de nuestros hijos, ellos son responsables de transmitirle los conocimientos que han adquirido a través de su formación académica y profesional. Pero por favor, ya dejemos de exigirles a los maestros que sean ellos los que eduquen a nuestros hijos. Que sean ellos los que hagan el trabajo que nos corresponde.

 

Cuando un padre de familia no sabe dónde está su hijo, o quiénes son sus amigos, o dónde se reúnen, o cómo se divierten, o si consumen drogas o bebidas alcohólicas, esa es su responsabilidad, ese es su trabajo. Principios y valores, son los que debemos imprimirles a nuestros hijos – y diría cada vez más a nuestras hijas, que han encontrado espacios más laxos por lo que cada vez más, apreciamos el incremento en el consumo de alcohol en ellas – y que los maestros le sigan enseñando álgebra, geografía, química, física, historia, y lo que quede de la materia que parece ya no está en los planes de estudio como lo es el civismo, ahora que tanta falta nos hace ante tal grado de violencia en las calles de nuestro país. Y a todo esto, usted que es padre de familia qué piensa.

 

 

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