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La primera guerra del cambio climático

La primera guerra del cambio climático

Los conflictos étnicos entre tribus nómadas y agricultores se extienden en toda el área del Sahel. Las matanzas por el control de los pastos dejan cientos de muertos en Mali, Nigeria o Centroáfrica

Nunca habían visto tan al sur de África el rostro de María Theresa Thaler, la antigua emperatriz del Imperio austrohúngaro. Las viejas monedas de plata, grandes como galletas María y acuñadas en 1870 con su cara impresa en plata, viajan como adorno en el pelo de las mujeres nómadas desde hace siglos, los mismos siglos que lleva su pueblo haciendo la travesía desde los desiertos hacia las zonas verdes del continente en busca de alimentos para sus rebaños. Nadie sabe de dónde sacaron los peul, la tribu sin Estado más grande del mundo, esos millones de Thaler (pronunciado dáler, el origen de la palabra dólar), llamadas así por la cara de la emperatriz que manejan como moneda de curso legal, cuando la última acuñación oficial fue en 1858. Las antiguas huellas de la transhumancia, abiertas como arterias en el continente durante siglos, se prolongan cada vez más en busca de nuevos territorios. Esos territorios ya están ocupados y sobreexplotados por agricultores, que ven como las vacas de los nómadas acaban comiendo sus cosechas. Eso está provocando conflictos, matanzas, saqueos y venganzas. En definitiva, una guerra.

Al margen de la anécdota numismática, la falta de lluvias y la desertización galopante más allá de sequías puntuales, los están llevando cada vez a explorar nuevos territorios en busca de pastos verdes.

La primera gran sequía registrada y documentada fue la de 1915 y provocó una gran migración hacia las zonas más fértiles del sur. Esta situación se ha repetido durante los 70 y los 80, unido además a la sobreexplotación de los pozos y los acuíferos. El lago Chad, que era la principal fuente de agua del Sahel, imprescindible para esos rebaños de las tribus nómadas, ha perdido un 90% de su superficie en cuatro décadas, dejando en su interior miles de pequeñas islas. Eso provoca, además, que se esté acabando su pesca, de la que viven 40 millones de personas en Camerún, Nigeria, Níger y Chad. Hoy el lago se evapora por las altas temperaturas sin que nadie intente revertir el proceso.

El pasado mes de junio, 95 personas de la etnia dogon, la mayor parte de ellos agricultores, fueron masacradas en la aldea de Sonankoubou, el centro de Mali. Un grupo de hombres armados llegó al poblado y lo rodeó por completo,antes de prender fuego a las viviendas con sus habitantes dentro. Los testigos describieron a milicianos peul o fulani. A los que trataban de huir los atacantes los abatieron a tiros. Tres meses antes, había sido al contrario: cazadores dogon mataron a 150 nómadas en Ogossagou. En Nigeria, los enfrentamientos entre pastores y agricultores dejan ya 3.641 muertos desde 2016. En República Centroafricana, país en conflicto desde 2012, es mucho más difícil contar los muertos pero todo el norte del país sufre la violencia por el control de las tierras. Este mismo año, en Burkina Faso, un conflicto interétnico en el centro del país, dejó 46 muertos entre los pueblos mosi y fulani. En cada país del Sahel tienen un nombre, pero el origen de la violencia es el mismo.

Jesús Díez Alcalde, analista de África del Instituto Español de Estudios Estratégicos, cree que «ha habido largos periodos de tiempo en que estos grupos nómadas y sedentarios han convivido en paz. Aunque el dominio del imperio teocrático musulmán de los fulani contra los pueblos paganos -incluidos otros fulani no religiosos- fue el factor clave que explica el actual enfrentamiento, la lucha actual cada vez se debe más a un asunto de mera supervivencia y control de los escasos recursos naturales. El cambio climático y la creciente desertificación de las zonas fértiles han agudizado progresivamente los enfrentamientos entre los pueblos nómadas y sedentarios».

 

RADICALIZACIÓN

Esos enfrentamientos están provocando la radicalización de las dos partes. En el caso de las milicias que acompañan a los nómadas, que son musulmanas, tienen un enorme riesgo de mezclarse con grupos yihadistas. En algunos casos, ya sucede. El Frente de Liberación de Macina, que amenazaba a Francia y a sus aliados por su presencia militar en Malí, está compuesto por tribus peul y fulani y ya ha reivindicado la matanza del hotel Byblos en la periferia de Mopti, en la que murieron 13 personas, y también el asalto al hotel Radisson Blue de Bamako, el 18 de noviembre de 2015, que acabó con la muerte de 27 rehenes.

«Este grupo yihadista reclama el pasado musulmán rigorista del Imperio de Macina para hacer un llamamiento a todos los fulani. Este discurso está teniendo éxito entre las comunidades nómadas, que siguen denunciando el desprecio social de su pueblo y de los propios Estados nacionales.Frente a la extrema violencia que están desplegando, surgen otros movimientos que reaccionan y responden con más fanatismo«, dice Jesús Díez Alcalde. «En este convulso escenario, los yihadistas no tienen ningún reparo en usar los enfrentamientos ancestrales entre agricultores y ganaderos para desestabilizar la zona, y que tiene visos de extenderse a otros muchos países de la región», concluye. A estos grupos nómadas, que se mueven desde Guinea hasta Sudán por viejas rutas de beduinos, es difícil censarlos o hacerles cartillas sanitarias porque no pertenecen a ningún lugar. Su patria es un pozo con agua. Por eso usan esas monedas antiguas como pago por el valor que posee su plata, aunque ningún Estado las reconozca.

Estos hijos del camino siempre van armados con rifles de asalto y cuchillos tradicionales. Nadie sabe cuál es su origen étnico y hace siglos que abrazaron el islam. Sus facciones son más afiladas que las de la población local, mientras que su color de piel es caoba, más claro que el de sus vecinos. Hasta el idioma es diferente a los de la población local. Llevan unas escarificaciones tribales en la piel, una especie de pequeño código de sangre que los distingue del resto de pueblos de la región. La guerra que se libra por los cultivos y los pastos es a la vez el primer conflicto del cambio climático y una guerra bíblica que lleva librándose desde los tiempos del Génesis. Caín trabajaba el campo como agricultor y Abel movía sus rebaños. La lucha entre ambos, dedicar las zonas verdes a una cosa u otra, explica muchos choques armados en África.

PASTORES BIEN ARMADOS

En Sudán del Sur, donde venden su mantequilla, han chocado habitualmente con las etnias ganaderas nilóticas, como los dinka y los nuer, que pastorean sus cabezas de ganado tan bien armados como ellos. Hablamos de Estados fallidos, muchos de ellos en conflicto, saqueados por sus dirigentes donde mafias de todo pelaje trafican con drogas, armas o personas con total impunidad.

«Los niveles de desigualdad en el Sahel son de los más elevados del mundo, lo que agrava la falta de recursos y medios para hacer frente al cambio climático, incluyendo una mayor duración de la sequía y la falta de acceso a agua que también genera tensiones cada vez mayores entre agricultores y nómadas», asegura el analista en Seguridad Sergio Maydeu-Olivares. «La debilidad de los estados y su escasa presencia en las grandes extensiones del Sahel es uno de los grandes problemas. Cuando el estado, entendido como poder, deja de ejercerlo siempre es sustituido por otro actor. Eso pasa con los grupos yihadistas, con el crimen organizado o con los nómadas. Lo hemos comprobado los últimos años en Libia, y el Sahel no es una excepción. De hecho, uno de los mayores esfuerzos de los gobiernos europeos que tienen intereses en la región es apuntalar y fortalecer los estados del Sahel, siendo conscientes que, sin Estado, el Sahel es territorio abonado para la presencia de otros actores».

Los fulani, supervivientes procedentes de una cápsula de tiempo conservada en las dunas del desierto siguen moviendo sus vacas cada vez más al sur, en un mundo sin carreteras, expuestos al camino, donde un puñado de viejas monedas de plata puede significar la diferencia entre , poder comprar un camello, vender un rebaño de cabras, negociar una partida de tabaco o adquirir armas para defender el ganado de la tribu. Algo tan simple como la vida o la muerte.

 

Por ALBERTO ROJAS

Fuente: https://www.elmundo.es/internacional/2019/07/28/5d3b4d8321efa060088b4652.html

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